No van a enseñarme a odiar de nuevo

  Cuando yo veo a un hombre tirado en el piso, en cuero, con la cabeza tapada, esposado, sucio, flaco, con la piel lastimada y escamosa... se me rompe el corazón. No me importa lo que hizo, se me rompe el corazón. Y cuando me entero de lo que hizo, se me rompe el corazón. Es un hombre, se me rompe el corazón. Si es una mujer, se me rompe el corazón. Si es un adolescente, se me rompe el corazón. No me dan ganas de cortarle las manos porque robó, no me dan ganas de matarlo porque mató, no me dan ganas de golpearlo o torturarlo porque violó o lo que haya hecho. 
  Se me rompe el corazón porque es un hermano. Se me rompe por él y por los que lastimó o asesinó o torturó. Lo veo y pienso que podría ser mi hijo el día de mañana, pienso que podría ser mi hermano de sangre, pienso que podría ser mi amigo. Veo cómo lo tratan y eso me rompe el corazón, porque cada maltrato que recibe rompe más su corazón, que siempre ha sido roto. Pienso cuánto dolor precisa acumular alguien dentro de sí mismo para naturalizar el hacer daño como modo de vida. 
  Y yo, que he sentido el dolor indefinible de ver morir a mi hija, y tantos dolores más, comprendo que esa persona ha sentido mucho más dolor que yo, y que ha tenido menos fuerza que yo, que se ha sentido más desprotegido que yo, y se me rompe el corazón. Porque quizá yo en sus circunstancias tampoco habría podido sobrellevar todas sus experiencias, o quizás sí. Pero es un hecho que esa persona no puede consigo misma. Y (de nuevo) yo, que apenas comienzo a entender cómo se vive de la forma menos agresiva para todas las partes involucradas, aún lastimo. Todavía lastimo, todavía genero dolor, todavía soy cruel hasta conmigo. Saber que la gravedad del daño que alguien hace a otro es proporcional al dolor que siente ese alguien, me rompe el corazón. 

  Los que más daño hacen, son los que más sufren. Proyectan en el espejo. Tratan al resto como los han tratado y como han aprendido a tratarse a sí mismos. Matan porque quieren morir, y hasta eso les da miedo. No quiero vivir en un mundo que condene, quiero vivir en un mundo que sane. Por eso quiero sanar mi corazón y liberarme cuanto pueda de mí misma, para poder contarles a otros cómo hice yo para sanar de a poco. En una de esas les sirve y pueden sanar bastante, o un poco, que no es moco en un mundo que permanentemente enseña a condenar y castigar. Ya sé, es difícil. Ya está muy avanzado el daño que todos hemos hecho al mundo ignorando nuestra responsabilidad, pero yo quiero morir intentándolo, no adaptándome al deber ser nada más que para no ser condenada y castigada.

  ¿Quién carajos nos creemos que somos para andar diciendo lo que merece recibir otro ser humano por lo que hizo? No me vengan con el orden, que en este intento de ordenar el mundo nos entendemos cada vez menos. Donde habita el amor sobran las reglas.


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